Lunes, 12 de enero de 2026
La política se debería de medir menos por lo que se proclama y más por lo que uno está dispuesto a hacer cuando el precio es alto. Y ahí es donde el PSOE lleva tiempo construyendo un problema: ha convertido los principios en utilería de campaña y la gobernabilidad en una subasta permanente. El resultado no es solo desgaste institucional; es una hipocresía estructural que se nota tanto en casa (con los acuerdos con el independentismo o lo que representa su acción contradictoria de gobierno) como fuera (con su brújula moral selectiva ante las tragedias del mundo).
• La “solidaridad” que acaba donde empieza la negociación:
El encuentro entre Pedro Sánchez y Oriol Junqueras se presentó como un paso para “desencallar” la financiación autonómica y normalizar interlocuciones. Pero, leído en clave política, significa algo más concreto: reconocer que el poder territorial no se ejerce mediante reglas comunes, sino mediante la capacidad de presión parlamentaria. La reunión sirvió para validar un acuerdo sobre financiación singular para Cataluña y consolidar a Junqueras como interlocutor preferente del Gobierno.
Aquí aparece la primera contradicción: el PSOE se reivindica como garante de la igualdad y la cohesión, pero en la práctica se apoya en crear excepciones a medida del socio necesario. El debate no es técnico (si un modelo recauda mejor o gestiona más cerca), sino político: ¿qué mensaje se transmite cuando la financiación deja de responder a criterios verificables y se acerca a la lógica del “quien más fuerza tiene, más consigue”? Diversos análisis periodísticos subrayan precisamente ese riesgo: que el rediseño sitúe a Cataluña entre las principales beneficiarias del reparto y reordene la solidaridad interterritorial en favor de una comunidad que negocia desde una posición decisiva en el Congreso.
Y lo más llamativo es la manera de explicarlo: cuando conviene, el PSOE habla de “modelo justo” y “debate sereno”; cuando no, acusa a otros de insolidarios. Pero la solidaridad no es un eslogan: es un principio que exige reglas comunes, transparencia, comparabilidad y lealtad institucional. Si el Gobierno acepta un carril especial porque lo necesita para sobrevivir, está sustituyendo la igualdad por la aritmética parlamentaria. Y eso, en un país descentralizado, no es un detalle: es un incentivo para que cada territorio aprenda la lección y eleve el precio de su apoyo. Así como plantar la semilla de movimientos localistas o independentistas que dejen a un lado el proyecto común y se centren únicamente en egoísmos territoriales.
• La doble vara moral en el escenario internacional:
La hipocresía no se limita a la política territorial. También aparece en el discurso internacional: indignación ruidosa para unas causas, silencio o equidistancia para otras; moralidad contundente cuando entra en las lindes de su inquisición ideológica, cautela calculada cuando desequilibra su narrativa o incomoda a aliados ideológicos.
Venezuela: el arte de parecer neutral cuando la neutralidad favorece al fuerte
El propio Sánchez ha afirmado que España no reconoce al Gobierno de Nicolás Maduro por la falta de legitimidad electoral, pero al mismo tiempo ha cargado duramente contra Estados Unidos por su política hacia Venezuela, describiéndola como un precedente “peligroso”, en un marco discursivo que termina diluyendo la responsabilidad del régimen. Esa combinación (no reconocer, pero desplazar el foco hacia “los otros”) es una forma de equidistancia: no se defiende abiertamente al dictador, pero se amortigua la condena efectiva y se convierte la denuncia en un juego de contrapesos geopolíticos. Y cuando los matices se usan para no molestar, el matiz deja de ser prudencia y se vuelve coartada.
En este punto resulta imposible no detenerse en la figura de José Luis Rodríguez Zapatero, convertido desde hace años en el gran blanqueador del régimen venezolano y en una influencia constante sobre la política exterior del PSOE. Su papel como mediador con el chavismo no ha sido meramente diplomático: ha sido la coraza política que ha ayudado a conferir legitimidad internacional a una dictadura que vulnera derechos básicos. Y hoy esa sombra se agranda peligrosamente. La Audiencia Nacional ha abierto diligencias previas contra Zapatero por su presunta colaboración con la estructura criminal del régimen de Nicolás Maduro, a raíz de una querella que le atribuye posibles delitos de tráfico de drogas, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal en el contexto de su relación con el chavismo.
Pero la complejidad de su situación no termina en España. Fuentes judiciales han señalado que Zapatero figura entre los 64 investigados en un expediente de un tribunal federal de Nueva York por su presunta colaboración con el régimen narcochavista, dentro de las investigaciones que se tramitan en Estados Unidos sobre la dictadura de Maduro y sus redes de influencia internacional.
Esa doble lupa judicial (una en la Audiencia Nacional y otra en un tribunal estadounidense) no es una anécdota procesal: es la constatación de que la política internacional no se mide en buenos deseos, sino en responsabilidades concretas. Que un expresidente de España pueda verse implicado en pesquisas de esta naturaleza deslegitima cualquier intento de presentarse como paladín de los derechos humanos o como factor de cambio democrático. Y lo que es aún más relevante políticamente: el PSOE no puede seguir mirando hacia otro lado ante las implicaciones de un peso pesado de su propia historia y del creador de su brújula moral y política.
Irán: cuando la revolución no encaja en la narrativa
Estos días, Irán vive protestas intensas con fuerte protagonismo femenino contra el régimen, y organizaciones de derechos humanos han documentado represión letal en ese contexto.
Aquí el contraste es revelador: ¿dónde está la misma energía política, la misma presión diplomática, el mismo “no hay neutralidad posible” que se exige en otros conflictos?
Cuando la revuelta es contra un régimen teocrático que algunos satélites ideológicos han blanqueado durante años, el entusiasmo decrece. Y el silencio (o la tibieza) no es neutral: siempre beneficia al opresor.
Nigeria: tragedias sin hashtags
La violencia yihadista y de milicias en Nigeria ha causado decenas de miles de cristianos muertos y millones de desplazados, según organismos internacionales citados en verificaciones y reportajes (Human Rights Watch, OIM).
Pero en la escena pública española, esta tragedia suele entrar y salir sin fuerza, sin campañas, sin resoluciones destacadas, sin el aparato simbólico que sí acompaña a otras causas.
El problema, precisamente, es que la izquierda que presume de internacionalismo se queda sin reflejos cuando las víctimas no encajan en su mapa emocional o mediático. Y entonces los derechos humanos se convierten en una estética: se defienden cuando dan rédito narrativo.
Palestina e Israel: la causa como identidad política
España reconoció oficialmente al Estado de Palestina en mayo de 2024 y el propio Sánchez enmarca la posición española en la solución de dos Estados, con un tono crecientemente crítico con la ofensiva israelí en Gaza.
El debate aquí es complejo y doloroso. Pero la izquierda, con el PSOE al frente, ha convertido el conflicto en un marcador identitario, en una narrativa de buenos y malos útil para la política doméstica. Cuando eso pasa, desaparece la empatía universal y queda una causa instrumentalizada.
Y ahí vuelve la palabra clave: coherencia. Si el PSOE se presenta como “progresista” por su voz en Palestina, debe explicar por qué su voz se apaga en Irán, o por qué Venezuela se trata con guantes, o por qué Nigeria no ocupa un lugar central en su agenda moral.
• La conclusión incómoda: el poder como fin, los principios como decorado:
El hilo que une Guadalajara y Teherán, Cataluña y Caracas, no es la temática de cada caso: es el método. En España, se pacta la excepcionalidad territorial para sostener la legislatura; fuera, se seleccionan causas según su narrativa y su rentabilidad simbólica. Lo que se vende como “progreso” termina siendo oportunismo con lenguaje moral.
La crítica de fondo no exige estar de acuerdo con la derecha o con la izquierda; exige algo más básico: que un gobierno no puede reclamar autoridad ética mientras normaliza privilegios internos y practica el silencio externo; mientras castiga a los ciudadanos por saltarse la ley, mientras ellos campan a sus anchas con impunidad en el camino de la corrupción. La hipocresía no es un pecado menor: es la antesala del cinismo social. Y cuando la ciudadanía percibe que los principios se negocian con escaños, deja de creer en el sistema. Y eso es peligroso.
Si el PSOE quiere recuperar credibilidad, tiene dos opciones: o defiende reglas comunes (también cuando le cuestan votos y apoyos) o asume que su proyecto ya no es la igualdad, sino la supervivencia. Y entonces, al menos, que lo diga sin adornos.
Lucas Castillo Rodríguez
Presidente del Partido Popular de Guadalajara y Senador del Partido Popular
| Opiniones | Deja tu Opinión |
| No existen opiniones para este elemento. | |
Quienes Somos |Noticias |Artículos de Opinión |Agenda de Actos |Tu opinión nos interesa. PARTICIPA |Documentación |Oficina Parlamentaria |Contacto |Localizacion |Organigrama |Afiliate |voto por correo |Mapa web
Partido Popular de Guadalajara | Aviso legal | Política de Privacidad | Política de Cookies
Esta página esta optimizada para navegadores Internet Explorer 7 y Firefox 3.0.